Los nadies

Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, Sigue leyendo

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Cuentos escritos a máquina

El cocodrilo se monta en el ascensor. Se ve obligado a inclinarse un poco para entrar porque mide dos metros de alto, más una chistera violeta. Viste un abrigo amarillo. Una señora se desmaya por el contraste de los colores.

La secretaria del gran jefe de Doble o nada es miope y se limita a decir: – Pase señor Coco, el profesor lo está esperando -. Al profesor, que no se esperaba en absoluto un cocodrilo con todos esos dientes en hilera bajo las gafas de sol, le da un violento ataque de tos. El cocodrilo, con santa paciencia, espera a que se le pase la tos; después dice:

– Conque, vamos a ver, etcétera, etcétera; tengo también una carta de recomendación de mi hermano. Tengo intención de participar en su magnífico e instructivo programa.

– Ya veo, ya. ¿Cómo está su hermano?

– Un poco apretado. Ya sabe, acostumbrado al Nilo, no se encuentra a sus anchas en el estanque del zoo.

– Y usted, discúlpleme, ¿en qué tema es experto?

– En caca de gatos.

– ¿No le parece el tema un poquito fecal?

– También felino, sin embargo.

– Claro, no se me había ocurrido.

Fragmento del primer relato dentro del libro titulado “Cuentos escritos a máquina”, escrito por Gianni Rodari. La estructura de estas palabras me recordaron una idea que leí en un libro de J. Allen Paulos, sobre la publicación de Thomas Nagel titulada The Absurd, ‘El hecho de que las cosas no importen no tiene por qué importar’.

Paraguas de Wittgenstein, continuación.

Continuacón con el cuento tomado del libro Dios sí juega a los dados de Óscar de la Borbolla.

Suponte que el cielo existe y que te ocurrió morir a las seis de la tarde o, mejor, que tu asesino te haya matado a esa hora, o si lo prefieres, que el tiempo que todo lo coordina haya sincronizado con gran precisión los relojes para que murieras en tu país a las seis de la tarde sin que tú ni tu asesino anduvieran preocupados por la puntualidad. Si el cielo existe, a las seis y cuarto llegarías a sus puertas remolcado por la columna de humo de alguna chimenea próxima al sitio donde habría quedado tu cuerpo. Las puertas están abiertas de par en par, entras, caminas, buscas por uno y otro lado, pero no hay nada, no encuentras a nadie: El cielo es un hangar infinito, piensas y te pasa por la conciencia la imagen de la mujer que en mirad de la lluvia te negó la sombra seca de su paraguas.

Suponte que además de cielo, haya Dios: tu ascenso y llegada son los mismos, sólo que ahora encuentras un mostrador y, detrás del mostrador, un mayordomo de levita verde que te hace señas con su linterna de bencina para que te acerques. Das unos pasos y en el acto descubres en el verde chillón de la levita que el cielo no es lugar para ti, que a ti te corresponden otros pasatiempos: descifrar de por muerte las razones por las que esa mujer se negó a compartir contigo su paraguas, y otros asuntos por el estilo.

Paraguas de Wittgenstein.

Como la gente se conoce o no se conoce nunca, pero total a veces se enamora, suponte que la lluvia te reúne con una mujer debajo de un paraguas. Tú le dices: ¿Me permite? y ella, indecisa y sorprendida, sopesando los pros y los contras te contesta que no, que el paraguas es suyo y que te vayas. Suponte que obedeces y te alejas brincando los charcos y que al cabo de una calle, dos calles, tres calles encuentras un techito para guarecerte y que ahí, precisamente ahí, se oculta el asesino que estaba escrito habría de matarte y que te sale al paso con aquello de la bolsa o la vida, y tú respondes que la vida, porque estás empapado y sientes frío y ganas de morirte o de pedir una taza de café muy caliente, pero como en ese zaguán no hay servicio de cafetería, pues te atraviesa con tremendo cuchillo y desde el suelo miras a tu asesino perderse con tu reloj y tu cartera detrás de la cortina de lluvia de la que sale la muchacha que no te quiso asilar bajo su paraguas, y cuando ella pasa: tú mueres.

Fragmento 1, tomado del libro Dios sí juega a los dados de Óscar de la Borbolla.

Los dos reyes y los dos laberintos.

Microcuento de Jorge Luis Borges:

Cuentan los hombres dignos de fe (pero Alá sabe más) que en los primeros días hubo un rey de las islas de Babilonia que congregó a sus arquitectos y magos y les mandó a construir un laberinto tan perplejo y sutil que los varones más prudentes no se aventuraban a entrar, y los que entraban se perdían. Esa obra era un escándalo, porque la confusión y la maravilla son operaciones propias de Dios y no de los hombres. Con el andar del tiempo vino a su corte un rey de los árabes, y el rey de Babilonia (para hacer burla de la simplicidad de su huésped) lo hizo penetrar en el laberinto, donde vagó afrentado y confundido hasta la declinación de la tarde. Entonces imploró socorro divino y dio con la puerta. Sus labios no profirieron queja ninguna, pero le dijo al rey de Babilonia que él en Arabia tenía otro laberinto y que, si Dios era servido, se lo daría a conocer algún día. Luego regresó a Arabia, juntó sus capitanes y sus alcaides y estragó los reinos a Babilonia con tan venturosa fortuna que derribó sus castillos, rompió sus gentes e hizo cautivo al mismo rey. Lo amarró encima de un camello veloz y lo llevó al desierto. Cabalgaron tres días, y le dijo: “¡Oh, rey del tiempo y substancia y cifra del siglo!, en Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros; ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que veden el paso.” Luego le desató las ligaduras y lo abandonó en la mitad del desierto, donde murió de hambre y de sed. La gloria sea con aquel que no muere.

FIN

La burocracia

Es sencillo saber cuándo un algoritmo es irremediablemente equívoco: cuando proclama ser la forma inequívoca de lograr algo. En particular, toda manera de sintetizar la vida humana en reglas a seguir es un acto cruel, falso y, por sobre todo, una bofetada a la libertad natural del hombre. Pues si bien puede parecer cierto que la ausencia de sentido crítico y dubitativo conduce a un estado falto de quejas y sufrimiento (en sí falto de cualquier apasionado sentimiento), también es el motivo de muchos de los sinsabores de la vida y, más aún, es el cántaro donde las tranquilas aguas de la ignorancia descansan placenteras. Sigue leyendo

El teatro espera

Leí por primera vez a Mario Mendoza después de la visita de Andrey, un estudiante colombiano de la Universidad del Quindío. La primera novela que leí de Mario Mendoza fue Satanás, una obra impresionante que narra, entre otras cosas, la mqasacre de Pozzeto. La historia de Campo Elías Delgado se desarrolla en Bogotá, pero podría ser la historia de buena parte de nuestra Latinoamérica. Los deseos de limpiar a la sociedad de lo que nos parece sucio, es una tentación presente desde la Conquista. Sin embargo, los métodos empleados por Campo Elías Delgado, se parecen más a los métodos de exterminio de los conquistadores que el método de la Razón. En esta obra de Mario Mendoza hay una excelente descripción de Bogotá y sus calles. Si bien el restaurante Pozzeto ya no es lo que era en 1986, uno puede recorrer las Carreras del centro de Bogotá a través de las páginas de Satanás.

Después tuve la oportunidad de leer Buda Blues, una novela que describe el tránsito hacia la anarquía de un país que estuvo hundido en la violencia causa y la violencia efecto. Es una obra en donde puedes encontrar en la Razón, la luz que señala el camino de la reconstrucción de una sociedad, del resurgimiento de una humanidad. En esta novela, Mario Mendoza describe las sórdidas calles del centro de Bogotá. Me hizo recordar la recomendación de un colega de la Universidad Nacional de Colombia, quien me dijo que evitar ir más allá de la Calle 10. Al leer Buda Blues recordé mis inicios como profesor universitario y mi convicción de que La Universidad es el espacio tranformador que la sociedad necesita.

Hoy me encontré en la librería Carácter, algunos ejemplares de Buda Blues, novela del escritor colombiano Mario Mendoza.

¿Queréis vivir…?

¿Queréis vivir <<según la naturaleza>>? ¡Ho nobles estoicos, qué embuste de palabras! Imaginaos un ser como la naturaleza, que es derrochadora sin medida, indiferente sin medida, que carece de intenciones y miramientos, de piedad y justicia, que es feraz y estéril e incierta al mismo tiempo, imaginaos la indiferencia misma como poder, ¿cómo podríais vivir vosotros según esa indiferencia?

Apenas es un fragmento de una de las obras de F. Nietzsche, titulado Más allá del bien y del mal.

¿Qué es lo que nos hace pensar que este es nuestro mundo? ¿Qué es vivir?