La bonne vie

Me inspiré en la sección titulada La buena vida del libro ¿Por qué no soy cristiano? de B. Russell para la creación de esta entrada.

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Conocer la teoría evolutiva ayuda a comprender la complejidad biológica de una rosa, empero, ésta también es una flor que ha inspirado diversos sentimientos.

<<¿Qué es la buena vida?>> Pues bien, hay tantas posibles respuestas como interpretaciones a esta ambigua pregunta: la respuesta de un filántropo decidido seguramente será poco parecida a la de alguien con tendencias suicidas; la de un moralista y crédulo consternado diferirá bastante contra la de un escéptico estudiante de la lógica. Sin embargo, está fuera de lo racional y es falto de sentido común intentar tolerar la práctica de cada una de ellas cuando sus efectos nocivos alcanzan a personas no conscientemente involucradas, o cuando sus fundamentos son lo suficientemente oscuros como para ser un claro ejemplo de alienación, charlatanería y fraude.

La idea que tiene B. Russell sobre esta cuestión me es grata y profunda, no solo por la elegancia de las palabras elegidas para expresarla (que, al final, sirven de poco si no se intenta profundizar en ellas para esclarecer su significado), sino también por su alto contenido humano, apoyándose tanto en la solidez de la razón como en la calidez del sentimiento. Lo expresa así: <<La buena vida está inspirada por el amor y guiada por el conocimiento>>, luego da ejemplos de lo que ocurre cuando el hombre se ha apoyado en uno de estos conceptos sin atender el otro; me gustaría citar mis propios ejemplos para ilustrar esto.

Paseando por los pasillos de una universidad estatal me encuentro con un escrito en contra del aborto ocupando la frase: <<salvemos a vida, no al aborto>>. En principio parece una simple opinión inspirada en el amor por la vida, sin embargo al tener más información sobre las ventajas de practicar esta intervención la opinión puede (la palabra correcta sería debe) cambiar. En efecto, existe información sobre diversos casos donde la vida de la madre y el desarrollo del feto se ven en peligro, en un caso así la frase <<salvemos a vida, no al aborto>> es simplemente ridícula; otro caso es cuando se sabe de antemano las condiciones que rodearán al recién nacido si no se practica un aborto oportuno: pobreza extrema, falta de atención médica, susceptibilidad alta a enfermedades mortales que además de acabar con su vida en la infancia le causarán un sufrimiento indecible; en estas condiciones, <<salvemos a vida>> es una broma de pésimo gusto. Más aún, esta frase es carente de sentido si no se especifica con detalle el significado de <<vida>>; toda célula es un ente vivo (cumple ciertas condiciones para poder recibir ese adjetivo), desde ese punto de vista la unión de un (al menos un) espermatozoide con un óvulo tiene vida, en efecto, si no la tuviera no podría auto-reproducirse hasta formar un feto; sin embargo, no creo que a eso se refieran los anti-partidarios del aborto. Tal vez ellos piensen en algo como la vida consciente, término mucho más ambiguo pues, desde mi punto de vista, un primate selvático es un claro ejemplo de vida consciente, incluso hay algunas especies que pueden comunicarse con nosotros por medio de un conjunto de símbolos, y hasta ahora no he escuchado sobre un movimiento eclesiástico en contra de la caza de animales salvajes. De cualquier manera, la oposición al aborto parece un ejemplo claro de la argumentación con motivos nobles pero carente de conocimiento.

Una experiencia personal para ilustrar aún más este punto es la siguiente: de pequeño visitaba a mis abuelos maternos en épocas vacacionales, ellos vivían (aún viven, de hecho) en un lugar poco poblado y con una vista mucho más prometedora sobre la naturaleza que la ofrecida por la ventana del departamento donde vivía con mis padres. Una de las muchas cosas que me asombraban en ese tiempo eran los arcoiris, esas coloridas descomposiciones de la luz que me inspiraban grandeza y fascinación (más aún cuando lo descubrí en la portada del The Dark Side of the Moon), tanto que no vacilaba en señalarlos y avisar de su presencia a todos los que por allí andaban en ese momento. En una ocasión mi abuela me dijo categóricamente que no volviera a señalar a uno de esos hermosos fenómenos naturales argumentando que, si lo hacía, inevitablemente aparecería una enorme y fea arruga en el miembro más cercano de mi cuerpo hacedor de esta innombrable falta al fenómeno en cuestión: mi dedo índice derecho. Por un tiempo, los colores que al principio emocionaban me causaban cierto tipo de repulsión; luego, a base del sistema científico primitivo conocido prueba y error retomé el asombro por los arcoiris. Mi abuela no lo hizo con mala intención (quiero pensar ello, lo supondré para fines del ejemplo), más bien su intención era la de protegerme de, a su juicio, un peligro doloroso y humillante, actuó por amor a su nieto, pero la falta de conocimiento sobre los tratados de Newton casi provoca que le temiese a los arcoiris por el resto de mi vida.

Por el otro lado, existen actos basados en el conocimiento pero desligados de todo acto amoroso. Supongamos que una enfermedad potencialmente mortal brota en una determinada localidad alejada de los servicios de salud, bajo algunas condiciones nada exageradas, los médicos especializados pueden llegar a la conclusión de que la probabilidad de salvar a la población es muy baja, prácticamente nula, y los costos son demasiado elevados, únicamente con estos datos la respuesta más acertada es: pues no se diga más, esperamos a que el virus haga lo suyo y luego quemamos los cuerpos para evitar futuras infecciones. Personalmente he tomado decisiones (sin mucha trascendencia, debo decirlo) donde apelo casi totalmente al sentido racional, para luego darme cuenta que pasé por alto aspectos como lo son el herir sentimientos de otras personas. Otro ejemplo puede ser la creación de armas de destrucción masiva, se necesitan muchos conocimientos científicos y tecnológicos para desarrollarlas, pero la pregunta ¿y para qué hacerlas? dado un amor hacia la propia especie humana nos indica lo altamente faltos de éste sentimiento que son los líderes pasados y contemporáneos.

B. Russell ahonda sobre el significado de las palabras conocimiento y, especialmente, amor. Recomiendo su lectura para entender más el pensamiento de este gran hombre. Para concluir quiero comentar que él afirmaba que esta idea no es estática, pues tanto el conocimiento como el amor van cambiando con el tiempo, conforme el ser humano aprende más de sí mismo y de lo que le rodea; en este sentido no existe la buena vida, sino un conjunto de ellas que van evolucionando con el tiempo.

Habrá, obviamente, quien esté en desacuerdo con esta idea. Sin embargo, estoy convencido de que una persona así o bien no ha experimentado el amor y por ende le cuesta imaginar un sentimiento tan fuerte como lo es éste, o bien ha vivido rodeado de una densa ignorancia que no le ha permitido conocer la grandeza y poder del conocimiento. Aún así, éste tipo de impedimentos se pueden afrontar y trascender, a menos, claro, que la libertad de la persona esté tan fuertemente condicionada que no le quede un poco de sentido crítico y pasión por vivir la buena vida.

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