Homeopatía, ¿en serio?

En esta ocasión, les comparto dos sitios en internet donde se puede encontrar información sobre la homeopatía.

Este primer sitio es una explicación rápida y concisa de lo que es la homeopatía. Este otro es una agradable historieta sobre el mismo tema.

Tengo pensado, después, escribir una entrada sobre la falacia que subyace en afirmaciones tales como “Tenía un problema de salud, acudí con médicos e intenté sus tratamientos sin ningún resultado; luego me acerqué a la homeopatía y desde entonces he mejorado considerablemente. Por lo tanto, ésta debe ser el motivo de mi cura”. Mientras tanto, la razón de compartir estos enlaces es para que estén informados sobre lo que está detrás de esta pseudomedicina.

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Paraguas de Wittgenstein, continuación.

Continuacón con el cuento tomado del libro Dios sí juega a los dados de Óscar de la Borbolla.

Suponte que el cielo existe y que te ocurrió morir a las seis de la tarde o, mejor, que tu asesino te haya matado a esa hora, o si lo prefieres, que el tiempo que todo lo coordina haya sincronizado con gran precisión los relojes para que murieras en tu país a las seis de la tarde sin que tú ni tu asesino anduvieran preocupados por la puntualidad. Si el cielo existe, a las seis y cuarto llegarías a sus puertas remolcado por la columna de humo de alguna chimenea próxima al sitio donde habría quedado tu cuerpo. Las puertas están abiertas de par en par, entras, caminas, buscas por uno y otro lado, pero no hay nada, no encuentras a nadie: El cielo es un hangar infinito, piensas y te pasa por la conciencia la imagen de la mujer que en mirad de la lluvia te negó la sombra seca de su paraguas.

Suponte que además de cielo, haya Dios: tu ascenso y llegada son los mismos, sólo que ahora encuentras un mostrador y, detrás del mostrador, un mayordomo de levita verde que te hace señas con su linterna de bencina para que te acerques. Das unos pasos y en el acto descubres en el verde chillón de la levita que el cielo no es lugar para ti, que a ti te corresponden otros pasatiempos: descifrar de por muerte las razones por las que esa mujer se negó a compartir contigo su paraguas, y otros asuntos por el estilo.

Paraguas de Wittgenstein.

Como la gente se conoce o no se conoce nunca, pero total a veces se enamora, suponte que la lluvia te reúne con una mujer debajo de un paraguas. Tú le dices: ¿Me permite? y ella, indecisa y sorprendida, sopesando los pros y los contras te contesta que no, que el paraguas es suyo y que te vayas. Suponte que obedeces y te alejas brincando los charcos y que al cabo de una calle, dos calles, tres calles encuentras un techito para guarecerte y que ahí, precisamente ahí, se oculta el asesino que estaba escrito habría de matarte y que te sale al paso con aquello de la bolsa o la vida, y tú respondes que la vida, porque estás empapado y sientes frío y ganas de morirte o de pedir una taza de café muy caliente, pero como en ese zaguán no hay servicio de cafetería, pues te atraviesa con tremendo cuchillo y desde el suelo miras a tu asesino perderse con tu reloj y tu cartera detrás de la cortina de lluvia de la que sale la muchacha que no te quiso asilar bajo su paraguas, y cuando ella pasa: tú mueres.

Fragmento 1, tomado del libro Dios sí juega a los dados de Óscar de la Borbolla.

Los dos reyes y los dos laberintos.

Microcuento de Jorge Luis Borges:

Cuentan los hombres dignos de fe (pero Alá sabe más) que en los primeros días hubo un rey de las islas de Babilonia que congregó a sus arquitectos y magos y les mandó a construir un laberinto tan perplejo y sutil que los varones más prudentes no se aventuraban a entrar, y los que entraban se perdían. Esa obra era un escándalo, porque la confusión y la maravilla son operaciones propias de Dios y no de los hombres. Con el andar del tiempo vino a su corte un rey de los árabes, y el rey de Babilonia (para hacer burla de la simplicidad de su huésped) lo hizo penetrar en el laberinto, donde vagó afrentado y confundido hasta la declinación de la tarde. Entonces imploró socorro divino y dio con la puerta. Sus labios no profirieron queja ninguna, pero le dijo al rey de Babilonia que él en Arabia tenía otro laberinto y que, si Dios era servido, se lo daría a conocer algún día. Luego regresó a Arabia, juntó sus capitanes y sus alcaides y estragó los reinos a Babilonia con tan venturosa fortuna que derribó sus castillos, rompió sus gentes e hizo cautivo al mismo rey. Lo amarró encima de un camello veloz y lo llevó al desierto. Cabalgaron tres días, y le dijo: “¡Oh, rey del tiempo y substancia y cifra del siglo!, en Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros; ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que veden el paso.” Luego le desató las ligaduras y lo abandonó en la mitad del desierto, donde murió de hambre y de sed. La gloria sea con aquel que no muere.

FIN

DICHA

Cuento extraído de un libro que se llama Alegría de un personaje llamado Osho.

Una tarde,  Rabiya, -una famosa mística sufí, estaba buscando algo en la calle, junto a su pequeña choza. Se estaba ocultando el sol y la oscuridad descendía poco a poco. La gente fue congregándose y le preguntó:

-¿Qué haces? ¿Qué se te ha perdido? ¿Qué estas buscando?

Ella contestó:

-Se me ha perdido la aguja.

La gente le dijo:

Se está ocultando el sol y va a resultar muy difícil encontrar la aguja, pero vamos a ayudarte. ¿Dónde se te ha caído exactamente? Porque la calle es grande, y la aguja, pequeña. Si sabemos exactamente dónde se ha caído resultara más fácil encontrarla.

Rabiya contestó:

-Más vale que no me pregunten eso, porque en realidad no se me ha caído en la calle, sino dentro de la casa.

La gente se hecho a reír y dijo:

-¡Ya sabíamos que estabas un poco loca! Si la aguja se te ha caído en tu casa, ¿porqué la buscas en la calle?

Rabiya replicó:

Por una razón tan sencilla como lógica: en la casa no hay luz y en la calle aún queda un poco de ella.

La gente volvió a reírse y se dispersaron. Rabiya los llamó y les dijo:

-¡Escúchenme! Eso es lo que hacen ustedes. Yo me limitaba a seguir su ejemplo. Se empeñan en buscar la dicha en el mundo exterior sin plantear la pregunta fundamental <<¿Dónde la has perdido?>>. Y yo les digo que la han perdido dentro. La buscan fuera por la sencilla y lógica razón de que sus sentidos están abiertos hacia el exterior: hay un poco más de luz. Sus ojos miran hacia fuera, sus oídos escuchan hacia fuera, sus manos se tienden hacia fuera; por eso, siempre la están buscando  fuera de ustedes. 

Alguna dedicatoria.

Me ha costado decidir, qué poner de entrada el día de hoy. Inesperadamente pasó esta dedicatoria enfrente de mis ojos, y he decidido compartirla en esta noche, espero y os agrade, sin más, unas bellas palabras de un padre a su hija:

El corazón humano esconde tesoros,en secreto guardados, en silencio sellados, pensamientos, esperanzas, sueños y placeres cuyo encanto se romperían si fuesen revelados.

… más que palabras, para esta noche.