La burocracia

Es sencillo saber cuándo un algoritmo es irremediablemente equívoco: cuando proclama ser la forma inequívoca de lograr algo. En particular, toda manera de sintetizar la vida humana en reglas a seguir es un acto cruel, falso y, por sobre todo, una bofetada a la libertad natural del hombre. Pues si bien puede parecer cierto que la ausencia de sentido crítico y dubitativo conduce a un estado falto de quejas y sufrimiento (en sí falto de cualquier apasionado sentimiento), también es el motivo de muchos de los sinsabores de la vida y, más aún, es el cántaro donde las tranquilas aguas de la ignorancia descansan placenteras.

Si la raza humana se hubiera conformado con unos cuantos mandamientos escritos en un libro antiguo de dudosa procedencia, o llevara su existencia al compás de una constitución hecha por un manojo de gatos que aseguran ser ratones, entonces simplemente no existiría el arte (como expresión de libertad) y la ciencia (forma sintetizada del dudar); el hombre continuaría temeroso dentro de una caverna, esperando a que un ser superior a él decidiese su camino. Ninguna diferencia con algunos de los primates genéticamente más cercanos.

Es parte del pensamiento que recorre mi mente al terminar de leer este pequeño relato de la maravillosa pluma de E. Galeano titulado La burocracia/3

Sixto Martínez cumplió el servicio militar en un cuartel de Sevilla.

En medio del patio de ese cuartel había un banquito. Junto al banquito un soldado hacía guardia. Nadie sabía por qué se hacía la guardia del banquito. La guardia se hacía porque se hacía, noche y día, todas las noches, todos los días, y de generación en generación los oficiales transmitían la orden y los soldados la obedecían. Nadie nunca dudó, nadie nunca preguntó. Si así se hacía, y siempre se había hecho, por algo sería.

Y así siguió siendo hasta que alguien, no sé que general o coronel,  quiso conocer la orden original. Hubo que revolver a fondo los archivos. Y después de mucho hurgar, se supo. Hacía treinta y un años, dos meses y cuatro días, un oficial había mandado montar guardia junto al banquito, que estaba recién pintado, para que a nadie se le ocurriese sentarse sobre la pintura fresca.

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